Fuck Buttons - Street Horrrsing
Fue una chiquillada, una aventura de tres adolescentes ingenuos, motivados únicamente por el aburrimiento, dispuestos porque sin saberlo, necesitaban explorar el mundo más allá de su barrio, más allá de los interminables días a cuarenta y tres grados, de los trabajos forzados de verano en bares con terraza, de los deportes estúpidos que practicaban otros chicos de su edad y sobre todo, porque la curiosidad por la vida salvaje siempre los había atraído. La naturaleza, el senderismo y la escalada eran sus principales intereses, aparte de las chicas y el fútbol por supuesto. Álvaro, el Lolo, y el “Pinne” habían hecho buenas migas desde que se conocieron cuando a sus padres les concedieron una vivienda de protección oficial en el mismo barrio de nueva construcción “Las Hectáreas” a las afueras de Rosario, en Argentina.
Aquella mañana, a sabiendas de que las herreras habían nidificado durante el invierno en las bases de las turbinas de la pequeña subestación eléctrica a las afueras del barrio, decidieron ir a recoger cuantas crías pudieran. No les fue difícil acceder a la subestación, simplemente cruzar la autovía que rodeaba el barrio y saltar una alambrada de baja altura. Obviamente hicieron caso omiso al viejo cartel oxidado de “Cuidado: Peligro de Muerte”, aquello no era cierto pensaban y puestos a temer, temían más al viejo con voz robotizada del caserío cercano, que a veces aparecía para advertirles y persuadirles con su escopeta de perdigones, cargada con sal según decían.
No hubo tiempo para siquiera entender que ocurrió. Cuando el Pinne y el Lolo treparon al tejado de la subestación, Álvaro, quien sabía que estos pájaros matorraleros eran malos voladores y escondían sus nidos a ras de suelo y cerca de las turbinas por el calor que emitían, notó como abajo, en una zona delimitada por conductores activos de la instalación eléctrica, su cuerpo era atraído por una fuerza que a la par lo estaba abrasando. Un quejido tembloroso fue todo cuanto puedo emitir. De repente su mente pareció resetearse, un fogonazo blanco cegó su mirada y delante de él, durante unos escasos veinte segundos, visualizó cuando de niño fue a la nieve por primera vez en Chile, cuando junto a su hermano Fali se fotografío encima de una barca anclada en tierra, recordó aquella vez que lloró desconsoladamente cuando sus padres lo dejaron en casa de su tía Ricarda durante una noche, cuando pinchó una rueda de su bicicleta en el día de su estreno, cuando rompió la luna de un camión arrojando piedras desde un puente, sintió como si volviera al pasado cuando recordó su primer beso con aquella chica de trenzas rubias, cuando marcó su primer gol con el equipo del colegio, cuando fue castigado por suspender álgebra en octavo curso, cuando recibió en Reyes un caballete, un óleo y un juego de acuarelas, cuando fue detenido por un vigilante de seguridad en el supermercado tras robar dos cintas de cassette vírgenes, vio claramente sus manos tocando los primeros acordes de aquella canción de la chica de ayer, revivió el primer concierto de su vida, la chica delgada y rubia, frágil al frente de un piano, recordó todos las portadas de los vinilos que poseía, incluso el sueño de tocar algún día junto a Dylan…
La electrocución cesó cuando el Lolo, insconscientemente heroico y sin saber que su amigo estaba ardiendo por dentro, saltó abajo y trató de impedir que la turbina terminara de atraer el cuerpo de Álvaro, quien con los ojos vueltos y las ropas chamuscadas y adheridas a su piel sólo gemía de dolor. Al agarrar a Álvaro por un brazo el Lolo absorvió los diez mil watios de electricidad que como un latigazo recorrieron su cuerpo hasta encontrar una salida en la articulación del codo izquierdo, reventando piel, músculo y hueso. Ambos salieron despedidos por la fuerte intensidad del circuito cerrado en el que actuaron como medios conductores. El “Pinne”, aterrado huyó en busca de ayuda, el Lolo cayó desmayado en shock y Álvaro murió con uno de los miles recuerdos aleatorios que su cerebro seguía generando, el último disco descargado de internet.
Saioa - Matrioska Heart
Cuando esa mañana sonó el despertador a las 5.07, Laia Ezperea ya estaba despierta desde hacía al menos veinte minutos. Había olvidado quitar la alarma y tuvo que volver a la habitación para no molestar más de lo necesario a su marido Aritz, quién dormía al menos 1 hora más, hasta que el olor matutino del café recién hecho o el murmullo del transistor encendido llegaba hasta la cama, señales inequívocas de que el desayuno estaba servido en la mesa.
Como cada mañana, Laia acostumbraba lo primero -incluso antes de atender sus necesidades- a servir un cuenco de leche de cabra a Leroy y China, sus dos bellos galgos. En el baño siempre seguía el mismo ritual: se lavaba la cara con abundante agua fría, se peinaba frente al espejo sin mirarse a ella misma, sino clavando la mirada y rezando sobre un viejo almanaque que ilustraba a Nuestro Señor Jesús Misericordioso y salía no sin antes abrir el grifo de la bañera para preparar un baño caliente que tomaba después del desayuno.
En la cocina recogía los platos de la noche anterior, cerraba la bolsa de basura y preparaba el desayuno. Café y tostadas, cada día distintas, según disponía de embutidos, quesos o ahumados. Mientras el café se hacía y el pan tostaba, Laia aprovechaba para tomar sus vitaminas diarias y preparar los doce fármacos que Aritz necesitaba debido a una lastrosa angina de pecho. Gustaba colocar las pastillas por tamaño, tipología y color, como formando una buffet exposición. Abría la puerta para que Leroy y China salieran al jardín y volvía al baño para cerrar el grifo de la bañera. Para una mujer como Laia, de 62 años, la vida se reducía a una rutina milimetrada que disfrutaba por la estabilidad y previsión que otorgaba.
Hecho el café y puesta la mesa, volvía a la habitación y elegía la vestimenta del día. Levantaba la persiana e instaba a Aritz a despertar. Él solía dedicarle una frase chistosa a modo de buenos días y se alzaba por fin dispuesto a emprender un nuevo día. Pero ese día Aritz no bromeó ni despertó. Un infarto agudo de miocardio se lo había llevado silenciosamente. En su rostro no había expresión de dolor, sólo una sonrisa de paz…
En la radio el noticiario dio paso a un programa musical donde sonaba “Trapezioan”, de la cantautora vasca Saioa. Tan frágil, tan sutil, tan sensible que Laia dejó asomar una lágrima al balcón de su mirada, besó a su marido y se despidió con un “Padre nuestro que estás en los cielos… perdona mis deudas así como yo perdono la de mis deudores”
Shearwater - Rook
Paul Fish siempre había actuado como un viejo loco entrañable. Él mismo sabía de su condición, la aceptaba de buena gana y hasta ejercía conscientemente según ese rol. Y tal vez por eso, sus vecinos en Jasper, un pueblo de la provincia de Alberta de apenas 4.200 habitantes enclavado en las Montañas Rocosas canadienses, lo tenían en alta estima y consideración. Sus largos paseos en solitario, sus charlas disparatadas con cualquier transeúnte, sus discursos frente al Consistorio sobre temas paranormales, científicos y su conciencia, a menudo exagerada, sobre el medio ambiente no hacían mella en el respeto que se había ganado durante los 38 años desde que se instaló allí. Nadie supo nunca de donde procedía, ni porqué nunca más volvió a salir del condado. Simplemente actuaba como un vecino, atípico y excéntrico aunque solitario, siempre solitario…
Casi en lo más alto del Monte McKinley, primero la lluvia de granizos y luego la nieve caía incesantemente. Jamás Paul Fish había sufrido una tormenta de hielo como aquella. Estaba acostumbrado a vendavales en alta montaña pero cuando oyó el crujiente temblor de la tierra y enseguida la marabunta blanca que en forma de avalancha se le acercaba supo que su final estaba cerca. Prácticamente ni siquiera pudo intentar escapar, una ola sólida de nieve, tierra y árboles destrozados lo engulló y arrastró casi 1km. Más allá de las contusiones y heridas superficiales, un fuerte golpe en la cabeza lo dejó insconciente y cuando despertó no podía mover ningún brazo ni pierna, no sentía dolor, tampoco tenía miedo, sólo recordaba aquella canción reciente que su vecino Charles, había estado reproduciendo a todo volumen una y otra vez. Shearwater acertó a nombrar…
Al cabo de una hora, Paul sabía que la hipotermia empezaría a actuar y los temblores, la confusión mental, desorientación, bajada de tensión y los latidos cada vez menos constantes harían peligrar su consciencia. Y eso, era lo último que el bueno de Paul quería perder, por ello se aferró al recuerdo de esa canción… “Rooks”
El frío extremo provocó primero el congelamiento en la piel cuando los vasos sanguíneos comenzaron a estrecharse y el flujo sanguíneo ralentizó. Conforme el oxígeno no llegaba a las zonas los nervios se dañaban. Luego siguieron los órganos. Sin dolor, Paul observó como se entumecían primero las manos y pies, progesivamente el resto de extremidades. También comenzaron a surgir ampollas, inicialmente de color púrpura y finalmente negras, con algunos rompimientos en la piel que no tardaron en infectarse..
Paul aún tarareaba la canción aún cuando sus latidos eran ya muy débiles, casi indetectables. Murió de hipotermia grave.
The Declining Winter - Goodbye Minnesota
A Shane Mackey la temperatura del agua parecía no importarle. En el abismo submarino la temperatura es igual independientemente del exterior. Calculaba que tal vez, a 90 metros de profundidad el agua no superaría los 4º C. Para el campeón nacional de Apnea de Canadá suponía un reto la inmersión hasta esa profundidad, puesto que su record lo estableció hacía 2 años cuando logró bajar hasta los 84 metros sin ningún equipo de submarinismo tradicional, en la modalidad de inmersión libre.
Las medidas de seguridad que habían implementado desde 1985, tras la muerte de Kevin Andrews, cuando éste apuró las recomendaciones específicas de profundidad/presión, restaban mérito a esta práctica según el propio Shane, que veía la apnea, no tanto como un deporte sino como un desafío humano contra su propia naturaleza, pero las reglas -admitía- no tenía más que aceptarlas cuando competía a nivel federativo.
Es por ello que siempre acompañaban a los buceadores un auxiliar submarino que en caso de socorro podía ofrecer ayuda para evitar males mayores. Llevaban una única botella de oxígeno que ofrecían al deportista cuando hacía la seña para volver a subir. Un trago de O2 y nuevamente estos portentosos atletas podían volver a estar sumergidos casi 3 minutos, aunque una causa muy común de defunción no era el ahogamiento propiamente dicho, si no la expansión de los pulmones a su volumen natural succionando el oxígeno del torrente sanguíneo que primero lleva a la inconsciencia y finalmente provoca la muerte.
Cuando Shane alcanzó su objetivo aún notó que podría establecer una nueva marca, por lo que en un esfuerzo titánico, bajó casi 4 metros más de lo que tenía previsto. Ahora sí necesitaba urgentemente coger aire y subir tan rápido como pudiera. El auxiliar brindó su botella a través de la boquilla y Shane pudo respirar unas bocanadas de oxígeno. Tan rápido cogió aire comenzó su ascenso sin notar que la boquilla se descolgó de la botella y el auxiliar no acertaba a recolocarla. Éste se estaba quedando sin aire, se revolvía pero la boquilla estaba atascada en su espalda y los nervios comenzaban a desesperar incluso a un buceador experimentado que actuaba de socorrista. Trató de subir apoyándose en la cuerda que guía y orienta a los inmersores, aunque su rapidez parecía no ser suficiente cómo para llegar a la superficie. El esfuerzo, el miedo y la ansiedad provocaron que el asistente comenzara a inhalar agua salada, balbuceó, tosió y volvió a inhalar más agua. Aún así, siendo consciente de su ahogamiento, seguía tratando de trepar por la cuerda, aunque la fuerza, la orientación y la consciencia estaban quedado seriamente mermadas y su capacidad de reacción prácticamente ya nula. El agua en los pulmones bloqueaba el intercambio de gas en los delicados tejidos, al mismo tiempo que la inhalación de agua sellaba y bloqueaba las vías aéreas. Notaba un lloro y una quemazón a medida que tragaba agua. Fue entonces cuando notó esa especie de caída en una sensación de calma y tranquilidad. Durante un segundo perdió el miedo y en su cabeza resonaban los arpegios de “Summer turns to hurt” la canción que abría el disco de The Declining Winter. Inconsciente eligió esta canción para morir, el ambiente claustrofóbico a la par que pacífico guardaba una estrecha relación con este último momento de su vida. Poco a poco fue perdiendo la consciencia a causa de la privación de oxígeno hasta que finalmente la parada cardíaca provocó la muerte cerebral del auxiliar submarino.
Arriba, Shane Mackey salía a flote exultante.
Dirtmusic - Dirtmusic
La obsesión por la muerte es algo inherente al ser humano. Asociarlo con la música, tal vez un tanto heróico-romántico, o siniestramente morboso… Este disco contiene algunas canciones como “The Other Side” o “Wasted On” que me hacen imaginar una muerte por inanición en un desierto de Dakota, en soledad, delirando con algún recuerdo…
Boy Omega - Hope on the horizon
Uno de esos discos que una vez lo escuchas se te queda para siempre. He imaginado a alguien escuchándolo mientras leía “Contacto” de Dennis Cooper. Tal vez imagino la voz del protagonista del libro como la de el sueco Martin Henrik Gustafsson que se esconde tras el alias Boy Omega, o tal vez es que tanto disco como libro desgarran emocionalmente con la misma intensidad…
Cocoon: My Friends All Died in a Plane Crash
Un título maravillo para un álbum maravilloso. Déjense llevar por la imaginación y piensen en una situación así: “todos mis amigos murieron en un accidente de avión”… posiblemente ni este disco te libre del suicidio, pero al menos lo intenta! pues paradójicamente rebosa optimismo. Por no hablar del recuerdo que impregna la versión que hacen de “Hey Ya” el hitazo de Outkast (disponible en su MySpace)
Ravens & Chimes - Reichenbach Falls
Hay canciones de verano que no desearías ni a tu peor enemigo, hay discos que marcan una primavera u otoño, y hay ciertos discos que son parte del invierno. Si ustedes también tienen ya la necesidad del frío y los días lluviosos, este disco los dejará helados.